La autodomesticación propone que el ser humano ha sufrido, a lo largo de su evolución, un proceso de juvenilización para limitar la agresividad. Por otro lado, nuestra especie presenta una evolución anatómica de las regiones parietales del cerebro, involucradas en la integración visuoespacial, la imaginación visual y la integración entre cuerpo y ambiente. Un nuevo estudio plantea si ambas características podrían haber tenido influencias recíprocas o mecanismos compartidos.
Según los investigadores, una menor agresividad en una especie a menudo se obtiene reteniendo caracteres infantiles y estos «cuerpos domesticados» presentan entonces una apariencia juvenil, son más sociales y con mayor plasticidad en cuanto a comportamiento (exploración, curiosidad, creatividad). El desarrollo de la corteza parietal influye en la capacidad de conectar el cuerpo con la tecnología e incrementa el número de individuos con el que somos capaces de relacionarnos en el grupo social. Es de esperar entonces que estos dos aspectos hayan interactuado a lo largo de la evolución del género humano y, sobre todo, del Homo sapiens.
Ambos aspectos están involucrados en la capacidad tecnológica y en la complejidad social, dependen de los patrones de nuestras etapas vitales (adolescencia o longevidad) y se relacionan con cambios en los niveles de plasticidad cerebral.

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Front Psychol 2019. doi.org/10.3389/fpsyg.2019.01111