La enfermedad venosa crónica (EVC) constituye una de las patologías más frecuentes en las consultas de Atención Primaria (AP), estimándose una prevalencia en nuestro país en torno al 68% de los pacientes que acude a la consulta del médico de familia. Es una enfermedad que afecta gravemente a la calidad de vida de las personas que la sufren, además de suponer un problema de salud pública de primera magnitud por las consecuencias socio-sanitarias que entraña. Desde el punto de vista económico se sabe que la EVC supone una gran carga en todo el mundo. En Europa Occidental el 2 % (900 millones de €) del presupuesto sanitario anual se dedica a enfermedades venosas crónicas, siendo su equivalente unos 2.500 millones de $ en EE.UU. Esta cifra implica un impacto en el presupuesto mayor que el que representa la enfermedad arterial.

La EVC sigue siendo una enfermedad infradiagnosticada e infratratada en todos los niveles asistenciales, lo que supone una oportunidad perdida para evitar complicaciones. La prevención y la detección precoz en el primer nivel asistencial son claves para evitar la progresión de la enfermedad y la aparición de sus complicaciones (dermatitis, celulitis, úlceras, lipodermatoesclerosis, varicoflebitis, etc.). El manejo de acuerdo con las recomendaciones de las guías de práctica clínica (GPC) debe presidir la actuación de los médicos de familia. No puede ser de otra manera.

Una de las principales complicaciones de la enfermedad, paradigma del fracaso de la prevención, son las úlceras venosas. Dada su elevada incidencia, prevalencia y gran impacto económico, constituyen un gran reto para el personal sanitario y el sistema de salud. Es razonable, por tanto, considerar la prevención y el tratamiento de las úlceras cutáneas crónicas como prioridad asistencial. Su frecuencia (más del 1 % de la población) y su impacto psico-social y económico justifican esta recomendación. Para ello es preciso prevenir y actuar sobre los principales factores de riesgo modificables y proporcionar el tratamiento correcto, ya sea con medidas farmacológicas o no farmacológicas, para el adecuado control de la enfermedad, mejoría de los signos clínicos, de los síntomas y de la calidad de vida del paciente.

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